Los que preparan

Es posible que el título induzca a error, lo sé. No es otra cosa la que pretendo. Porque hasta para quienes saben muy bien de lo que hablo, puede resultar ambiguo. Porque lo es. Pero quien no siga leyendo no sabrá a que me refiero.

Preparar, lo que se dice preparar, se puede preparar cualquier cosa. Se puede preparar una cena, una boda o un funeral, se puede uno preparar para las Olimpíadas, o preparar un examen. También puede preparar la maleta, unas vacaciones o un viaje. Incluso puede ir preparándose para la que se le viene encima. Pero cuando hablamos de “preparar” sin más, sin uso de complemento directo alguno que adorne la oración, solo podemos preparar una cosa: las temidas oposiciones. Que para eso sí que hay que prepararse. Y no poco, por cierto.

Pero todo verbo tiene su sujeto. Y, por supuesto, preparar no iba a ser una excepción. Y de ellos es, precisamente, de quienes quería hablar. De los que preparan. Y a ello me dispongo.

Seguro que más de uno está pensando en el opositor, en el sufrido opositor, ese proyecto de un futuro incierto que no sabe si llegará, que vive en la perpetua zozobra de tener su vida en stand by hasta que llegue el momento glorioso en que alcance su meta: el aprobado. Un héroe, no lo pongo en duda. Y un sufridor como pocos, bien puedo asegurarlo por haberlo padecido en mis carnes.

Pero siempre, siempre, al otro lado de la mesa, el opositor se encuentra a su alter ego: el preparador. La otra parte de “los que preparan”. Ese ser que, cronómetro en mano, soporta sus temas y sus cuitas, a partes iguales. Como no podía ser de otra manera. Esa persona que se convierte en la relación más estable y más fiel que el opositor tiene durante varios años. Dos días a la semana, siempre a hora fija, llueva o luzca el sol, sea laborable o festivo, ahí está ese punto invariable en la vida del aspirante a un puesto para toda su vida. Y que no le falte.

Como los años me han llevado ya a conocer los dos lados de la mesa y el cronómetro, puedo contar que a ambos lados se sufre. Y mucho, a veces. Yo confieso que he llorado desde ambas posiciones, y no me avergüenzo de ello. Y estoy segura de que no he sido una excepción. ¿O quizás sí?

En mi periplo como opositora, pasé por tres preparadores. El primero, que hubo de marchar por un cambio de destino, me dejó mayor sensación de orfandad que si me hubiera abandonado el novio. Y es que aquello era en ese momento un auténtico drama, mucho más doloroso que cualquier fracaso sentimental, dónde vas a parar. Pero las circunstancias mandan y hoy conservo de aquella etapa una buena relación de compañeros –incluso formó parte de un tribunal que aprobó a una alumna mía- y alguna que otra excelente relación de amistad iniciada entonces. De los segundos, esos que adoptaron a los huerfanitos abandonados a su suerte, guardo excelentes recuerdos, además, por supuesto, de que contribuyeran esencialmente a que lograra mi objetivo, que no es poca cosa. Uno de ellos permanecerá por siempre en mi memoria como un modelo a seguir, ya que él también acabó dejándonos huérfanos años más tarde porque la Parca se empeñó en llevárselo antes de tiempo. Con el otro, por suerte, además del pasado, sigo teniendo el presente. Porque, aunque no queramos, el preparador un buen día se convierte en compañero, y eso está muy bien, pero siempre queda como poso una relación especial difícil de explicar para quien no la ha vivido. Seguro que muchos de quienes lean estas líneas –él, entre ellos- saben de lo que estoy hablando. Y otros ya lo sabrán en el futuro.

El preparador es, o ha de ser, una mezcla de jurista, psicólogo, colega y padre, todo en uno (o en una, claro). Escucha los temas, pero también escucha las penas –siempre más que las alegrías- y ha de esforzarse en bajar los humos a quien se viene arriba, y subir los ánimos a quien se viene abajo. Ha de mantener la sensación de que todo lo sabe –por más que no tenga ni repajolera idea de qué es eso de la servidumbre de pastos y leñas o del testamento il buruko– sin perder la cercanía ni parecer un pedante. Y sí, no exagero. En muchos casos, el preparador es dios. O incluso más. Porque dios nunca bajaría a tomarse un café, o hasta una cerveza conmigo, y el preparador sí que lo hacía. Y lo sigue haciendo, dicho sea de paso.

Y yo, ahora que ya he tenido la experiencia de estar al otro lado, aspiro a eso mismo. No quiero ser dios, ni diosa, aunque no venga mal a la autoestima que alguien te considere tal. Pero sí quiero tener la certeza de haber hecho nacer esa relación tan especial de la que hablaba respecto de aquellos a quienes preparé. Más, cuando en mi caso, muchos de ellos –todos ellos “colocados”, por cierto, a día de hoy-. los heredé de quienes a su vez me habían preparado a mí.

Y como estoy segura que unos y otros –o alguno de ellos, al menos- leerán este post, pues a ver si se atreven a desmentirlo. O a ver si lo desmiente cualquiera que haya estado en mi caso, a uno u otro lado de esa mesa que une y separa a los que preparan. ¿A que nadie se atreve?. Pues por algo será, digo yo. Aunque solo sea por no contradecir a dios.

SUSANA GISBERT GRIFO
Fiscal

3 pensamientos en “Los que preparan

  1. A uno lo conozco al otro me hubiera encantado pero estoy segura de que están ambos muy orgullosos de ti. Yo lo estoy, eres la mejor colaboradora del mundo.

  2. ¡AAAAAyyyyy con los preparadores! Sois el espejo en que nos miramos unos pocos, el espíritu que viene del futuro para decirnos que si antes se pudo, ahora también se puede. Gracias por seguir teniendo fe en nosotros, por tratarnos como si ya lo hubiéramos conseguido -unos días- y por recordarnos que no tenemos nada aún -otros-. Esto último cuando flaqueamos, solamente… jaja

    Un súper abrazo de una buena fan.

  3. […] que sobre eso ya he escrito, es cierto. Dediqué a ellos una entrada en el blog No sin mi toga (http://nosinmitoga.com/2014/05/18/los-que-preparan/), pero por aquel entonces no se había inaugurado este teatro, y no iba por ello a prescindir de […]

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